Sobre mí

Nací en Barcelona, en el año 62.

Mis padres tenían un gimnasio de los de antes, así que me crié en un ambiente en el que se daba importancia a llevar una vida saludable. Tengo muy buenos recuerdos de lo vivido en el gimnasio, de conversaciones interesantes y buenos momentos compartidos, de verdaderas amistades que perduran, con las que aprendí a compartir momentos alegres y tristes, a aceptar triunfos y derrotas y a avanzar acompañada en momentos difíciles por los que transitó mi familia.

Mi padre me transmitió el amor hacia el equilibrio entre una mente y un cuerpo sanos, algo que él ha procurado practicar hasta el presente, con ya casi 87 años. Su gimnasio expresaba muy bien esta cualidad suya y elegía cuidadosamente a los instructores.

Así, tuve la buena fortuna de conocer ya desde muy niña grandes seres que se habían formado cuidadosamente en sus propios países como maestros de diferentes artes marciales, sobretodo judo o karate, aikido y kung fu. En su momento, mi relación con ellos fue muy estrecha y su influencia muy importante en mi forma de ver la vida, porque me mostraban una filosofía que no era la que me aportaba mi cultura, por lo que me siento muy honrada de haberlos conocido. Mis padres, los dos de una espiritualidad intensa y muy particular, cada uno a su manera nada convencional, gozaban mucho con su compañía, así que tuve muchas oportunidades de conocer aquella manera de ver la vida tan diferente a la que veía a mi alrededor.

Eran los primeros maestros de artes marciales que aparecieron por el país. Antes de su llegada estos temas apenas se conocían en occidente. Era la época de la serie Kung fu y de Bruce Lee y muchos expertos conocedores de aquellas artes decidieron salir de sus países y recorrer el mundo compartiendo su sabiduría. En las culturas orientales se tiene en cuenta una área de percepción mucho más amplia. Sus filosofías buscan el equilibrio en el desarrollo del potencial humano. Cuando la gente me habla de China o Japón como modelos de trabajo enfocados hacia el capitalismo les recuerdo que hay mucho más que no tenemos en cuenta de aquellas culturas donde lo ancestral aún perdura.

Siempre me interesó el estudio de los mundos sutiles, aunque no a nivel fenomenológico. Por el contrario, mi interés provenía de ser muy consciente de que lo que veíamos y lo que me habían enseñado en la escuela era muy poco en comparación con la realidad que yo percibía. Así que me interesé por libros y cursos de astrología, alquimia, gobierno de la mente, yoga y muchos otros temas que son despreciados por las mentes que se atienen al limitado rango de la realidad que ven o que se les muestra. Leí con mucho interés libros que hablaban de otras realidades y libros antiguos como el Mahabaratha, fragmentos de los Vedas, la Biblia, las epopeyas de Gilgamesh, el código de Hammurabi, el Tao Te King, el I Ching y sobre mitología griega o de otros lugares. Esta búsqueda del verdadero pasado y origen nunca se detuvo, aunque mi visión de todo ello ha cambiado mucho desde aquellos tiempos.

En el año 78 conocí a Mathia Tarrés, una experimentada astróloga que tenía una escuela en Barcelona desde donde compartía sus conocimientos de astrología, simbología y conocimientos ancestrales. Aprendí y colaboré durante años con ella y con diferentes profesores que pasaron por su escuela.

Dado mi interés hacia las filosofías antiguas asistí como oyente al estudio de filosofía y religiones del antiguo oriente en la universidad de Barcelona. Estuve un par de años estudiando, hasta que comprendí qué había ido a buscar allí y ya no fue necesario continuar. Seguí estudiando por mi cuenta.

A los 18 años decidí dejar de comer animales. Ya desde niña me suponía un conflicto hacerlo y era fuente de discusiones en casa, ya que mis padres pensaban que no podría tener una buena salud sin comer animales. Fue una decisión difícil puesto que no había nadie a mi alrededor que no comiera carne, así que empecé buscar respuestas frecuentando ambientes naturistas y vegetarianos. Por afinidad, acabé trabajando en lugares como la revista Integral, CuerpoMente y Conciencia Planetaria. También participé durante unos años en diversos programas radiofónicos, comentando temas de salud y conocimiento ancestral.

Me inicié en esa época en el estudio conocimientos como la macrobiótica, la nutrición vegetariana y las terapias energéticas.

Tuve el privilegio de conocer muy a fondo la filosofía del yoga a través del maestro P. Kumar de la India. Con él comprendí lo importante que es darse cuenta de que la realidad en la que vivimos tiene unas leyes que la rigen y que no nos son conocidas, aunque sí las podamos percibir. Me demostró a nivel particular cómo mis creencias estaban afectando a lo que ocurría en mi vida. Su impecabilidad y su ejemplo fue el mejor maestro que haya tenido en mi vida en cuanto a responsabilidad. A su lado conocí temas que han sido fundamentales en mi vida como el manejo de la energía, la importancia de ser impecable a nivel mental y coherente en la acción, así como también las bases del ayurveda.

Cuando de niña pensaba en qué sería “de mayor” deseaba estudiar medicina, pero cuando me di cuenta del enfoque que se daba al tema en las universidades descarté la idea por completo porque vi que la visión respecto a la salud que se ofrecía en las universidades no tenía nada que ver con lo que yo había aprendido de manera autodidacta. Por ello, decidí seguir estudiando por mi cuenta e hice incursiones en muchos temas terapéuticos. Intentando desvelar el conocimiento del cuerpo y la psique humana estudié en varias líneas con diferentes profesores: ayurveda, fitoterapia, esencias tanto florales como minerales, iridología,  medicina tibetana, macrobiotica, y diversas terapias psicoterapéuticas (AT) e iniciativas pedagógicas (Waldorf) que ayudan a comprender cómo funcionamos.
Mis profesores han sido muchos en estos años: Jacques Haesert, Sudhakar Powar, Marion Leigh, profesores de la pedagogía Waldorf, del arte de la palabra, de la euritmia y otros muchos más.

Un punto de inflexión fue conocer los descubrimientos del doctor Rike Geerd Hamer. Me di cuenta de que suponían un giro completo en el entendimiento acerca de la salud y la visión de cómo se inician y avanzan los procesos que vive el cuerpo, mal llamados enfermedades.

Para mi era muy evidente que el concepto acerca de la enfermedad, tanto por parte de la medicina convencional como de la “alternativa”, no se ajustaban a lo que veía con mis propios ojos. A medida que fui haciéndome preguntas cada vez más a fondo, las respuestas me llevaron a descartar de base el concepto de enfermedad que tiene la medicina convencional, pero también la alternativa.

Conocer al doctor Hamer fue una enorme revelación. Cuando, a partir de sus descubrimientos, comprendí cómo se iniciaba la enfermedad, fueron clarificándose muy rápidamente aspectos que la programación con la que nos educan no me habían permitido ver hasta entonces. La intuición y la observación directa, sin prejuzgar, me habían ayudado a mantenerme consciente de que las cosas no eran como me las estaban contando, así que investigaba intentando mantener mi mente independiente de lo aprendido, observando la realidad tal y como se presenta. A partir del momento en que me hablaron de las leyes naturales descubiertas por Hamer empezó un despliegue de comprensión mucho más intenso. Actualmente, considero que todo médico o terapeuta debería conocer esas leyes antes de tomar en sus manos la responsabilidad de acompañar a un paciente.

Además del mundo terapéutico, me he dedicado a fondo a temas de crianza desde que conocí a mi marido y fui madre. Como vivo siempre intensamente mi presente, mi marido y mis hijas han supuesto para mi una expansión tras otra: todo un mundo de batallas, alegrías, comprensiones, momentos de plenitud y otros de desánimo y enormes dosis de complicidad tanto con mi marido con mis hijas. Sentí que había por delante toda una revolución, tanto en lo que respecta a la pareja como a la maternidad. En mi necesidad de dar respuesta a las cuestiones que se presentaron me uní con otras personas en varias iniciativas de crianza y educación “alternativa”. Me impliqué a fondo junto con mi marido en iniciativas que promueven una crianza natural y respetuosa. Fui monitora de lactancia materna y co-fundadora de varias asociaciones de crianza natural.

Venimos de unos tiempos en que se creía que había que someter al niño y dejarlo sin voz (in-fancia). De fondo está el propósito de dejar sin voz al individuo para que no piense por sí mismo.

Mi propósito está enfocado en que cada individuo brille con luz propia. Actualmente sé que todo lo que he aprendido me ayuda a llevarlo a cabo.

Marisa Ferrer